A veces nos cuesta decir que no. Sentimos culpa cuando descansamos, pedimos disculpas por ocupar espacio o nos duele profundamente que alguien se aleje. Aunque somos adultas, algunas situaciones despiertan emociones que vienen de mucho tiempo atrás.

En esos momentos puede asomarse la niña que fuimos: la que necesitaba sentirse querida, protegida, escuchada y segura.

Volver a ella nos permite mirar nuestra historia con más ternura y comprender por qué aprendimos a relacionarnos de ciertas maneras con el amor, el miedo, los límites y con nosotras mismas.

¿Quién es nuestra niña interna?

Cuando hablamos de nuestra niña interna, hablamos de las experiencias, emociones y necesidades que nos acompañaron durante la infancia.

Allí permanecen los juegos, la imaginación, las preguntas y los sueños. También viven las palabras que nos hicieron sentir pequeñas, las veces que tuvimos miedo, los abrazos que hicieron falta y todo aquello que tuvimos que guardar porque todavía no sabíamos cómo nombrarlo.

Muchas aprendimos desde niñas a ser obedientes, cuidar a otras personas y evitar los conflictos. Nos enseñaron a esconder el enojo, a no llorar demasiado y a esforzarnos para recibir reconocimiento. Algunas crecimos sintiendo que debíamos portarnos bien para merecer cariño.

Estas enseñanzas también están atravesadas por los mandatos de género. A las niñas se nos ha pedido históricamente que seamos dulces, serviciales, calladas y responsables del bienestar de quienes nos rodean. Con el tiempo, estas expectativas pueden influir en la forma en que ponemos límites, expresamos nuestras necesidades o nos permitimos descansar.

Acercarnos a la niña que fuimos abre una oportunidad para comprenderla. Podemos preguntarle qué necesitaba, qué temía y qué hizo para seguir adelante.

Lo que la niña aprendió para protegerse

Tal vez aquella niña descubrió que guardar silencio evitaba problemas. Que obtener buenas calificaciones le daba reconocimiento. Que cuidar a todo el mundo la hacía sentir necesaria. Que mostrar enojo podía poner en riesgo el cariño de las personas que amaba.

Cada una encontró sus propias maneras de protegerse.

Algunas de esas respuestas pueden continuar en nuestra vida adulta. Aparecen cuando aceptamos algo que realmente no queremos, cuando nos exigimos hasta el agotamiento, cuando sentimos culpa por elegirnos o cuando el miedo al abandono nos lleva a sostener vínculos que nos hacen daño.

A veces, nuestra historia también se siente en el cuerpo: en la garganta que se cierra, el estómago que se inquieta, los hombros que permanecen tensos o la respiración que se vuelve pequeña frente a ciertas situaciones.

Desde nuestra mirada de cuerpo-territorio, estas señales merecen escucha. El cuerpo nos avisa cuándo necesita una pausa, cuándo busca seguridad y cuándo una experiencia ha tocado una memoria sensible.

Acercarnos a nuestra historia requiere cuidado, confianza y respeto por nuestros límites. Cada mujer tiene derecho a elegir su propio ritmo, detenerse y decidir hasta dónde desea profundizar.

Escribirle también es escucharla

Hay palabras que encuentran su camino cuando las llevamos al papel.

La escritura crea un momento íntimo para reconocer emociones, ordenar recuerdos y decir aquello que durante mucho tiempo quedó atrapado en el silencio.

Te veo.
Te creo.
Lo que sentiste fue importante.
Hiciste lo que pudiste con lo que tenías.

Quizá queramos contarle quiénes somos ahora. Podemos hablarle de las personas que nos acompañan, de los límites que hemos aprendido a poner y de las decisiones que hoy sí podemos tomar. También podemos agradecerle las maneras que encontró para cuidarnos, incluso aquellas que ya no necesitamos repetir.

Escribirle con cariño es aprender a tratarnos con mayor ternura. Es reconocer nuestro dolor sin castigarnos y recordar que merecemos recibir de nosotras mismas el cuidado que tantas veces hemos ofrecido a otras personas.

Una pausa para encontrarte con ella

Busca un lugar donde puedas sentirte tranquila. Respira despacio y recuerda alguna imagen de tu infancia. Puede ser una fotografía, una edad, un juego o una sensación.

Luego permite que estas preguntas acompañen tu escritura:

  • ¿Qué necesitabas escuchar cuando eras niña?
  • ¿Qué parte de ti sigue buscando protección?
  • ¿Qué puedes ofrecerte hoy desde la mujer que eres?

Escribe a tu propio ritmo. Una frase puede ser suficiente.

Si algún recuerdo comienza a desbordarte, deja el lápiz, mira a tu alrededor y siente tus pies sobre el suelo. Puedes continuar otro día o buscar acompañamiento profesional. Cuando el dolor se vuelve difícil de sostener, merece una escucha cercana y respetuosa.

Una carta para decirle: hoy estoy contigo

En nuestro próximo taller “Cartas a nuestra niña interna” abriremos un espacio de escritura creativa y terapéutica para volver a ella.

Nos acercaremos con suavidad, escucharemos su historia y reconoceremos todo lo que hizo para sostenernos. Desde la mujer que somos hoy, podremos ofrecerle palabras de cuidado, validación y protección.

He vuelto para escucharte. Quiero conocerte sin juzgarte. Hoy puedo sentarme a tu lado y recordarte que ya no tienes que atravesarlo todo sola.

Fecha: sábado 29 de agosto

Hora: de 9:00 a. m. a 12:30 p. m.

Modalidad: encuentro virtual por Zoom

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